Clase 4: Tono y estilo

Clase 4: El tono y el estilo 

Dos pianistas no interpretan de la misma manera una obra, por más que la materia prima que utilicen sea única. Los escritores emplean el lenguaje y sus herramientas y cada uno lo hace a su modo, se trata de ser arquitectos de la palabra. De esta manera,  un gran proyecto basado en unos cimientos mal construidos se derrumbará, y lo mismo pasará si el material no es de buena calidad. Un palacio puede convertirse en ruinas y una choza en un lujo.

Esto lo determina el estilo, ese modo propio y diferente de contar las cosas. Hay escritores cuyo estilo es fácilmente identificable y otros cuyas obras están destinadas al montón. Quienes más beben de repetir el estilo y sus motivos hasta la saciedad son los escritores de best-sellers. Quienes más lo trabajan y le dan importancia son los escritores de los clásicos, los grandes, los que escriben libros que pasan a la posteridad.

Trabajar nuestro estilo es primordial. No se trata de copiar a los autores que nos gustan, sino de tomar aquellos recursos que más se adaptan a nuestros modos discursivos y explotarlos. Si no tenemos un gran bagaje de palabras, mientras aprendemos el significado de unas cuantas podemos utilizar un lenguaje más llano. Tampoco se trata de hacernos los eruditos, es cuestión de entender nuestras capacidades y limitaciones.

Influye mucho cómo amoldaremos el estilo a la idea dependiendo del tono que le vayamos a dar. Una comedia no se escribe igual que un drama, y una novela de época no será hecha con una jerga adolescente. Si en determinado momento la obra exige emotividad dejaremos de lado el lenguaje frío y analítico.

Las preguntas que deberíamos formularnos son: ¿Qué quiero expresar? ¿Cómo resultará más creíble, más lógico, empleando qué tono? ¿Cómo adaptaré mi estilo a ese tono? ¿Cuáles son mis fuertes? Por ejemplo: sé describir muy bien, soy muy detallista. En cambio, escribir diálogos de sentimientos se me da muy mal. Puedo narrar la soledad del protagonista a partir de su rutina.

El “tempo” narrativo

Saber encontrar ese tiempo que requiere la narración es la joya de la corona; saber cuándo somos demasiado escuetos y cuándo nos pasamos de detallistas y encontrar el justo equilibrio es fundamental. Para eso sólo puedo dar mi propia receta: alternar la velocidad con la lentitud, pasar rápido por lo reiterativo, rutinario y sin importancia narrativa y detenernos en aquello que refuerza el mensaje. Si hablo de que hay un testigo de un juicio que teme dar su versión en el estrado porque sabe que habrá represalias, no está mal contar minuciosamente su calvario hasta llegar al juzgado: cómo le sudan las manos y se le empapa el cuello de la camisa, le aprieta la corbata, la presencia de otras personas le molesta y se le agarrotan las piernas de los nervios.

Con frases cortas y contundentes aceleramos, damos vida y tensión. Con frases largas nos volvemos tediosos o lánguidos, apacibles. La alternancia en las longitudes de las frases también es buena, repetir un concepto si es necesario.

Hay que ponerse en el lugar del lector, o si no “contratar” a un lector que nos diga si se siente sofocado por una oración tan larga que no le llega el aliento o, por el contrario, tan corta que no dice nada.

Cómo encontrar nuestro estilo

  • Crear el estilo en base a las fortalezas y trabajar las debilidades.
  • Encontrar ese elemento diferencial que nos distingue: un saber del que estemos orgullosos; por ejemplo, conocer los nombres de muchas flores nos puede servir para dotar de “fragancia y colorido” a nuestra narración. Ser un buen fisonomista es un arma infalible para la descripción de personajes; o tener algunas nociones de psicología puede ayudarnos a dar más verosimilitud a los personajes.
  • Se trata de evitar caer en los convencionalismos y los estereotipos, a nadie le dicen nada.

El sabor de las palabras

Las palabras se pueden saborear, al leer en voz alta podemos experimentar cierta fluidez si hay un tono bien construido; pero si nos ponemos zancadillas lingüísticas, como la repetición de muchos vocablos, giros, muletillas o recursos poéticos mal empleados, el sabor será agridulce. Es de capital importancia en los diálogos, donde a menudo se sacrifica verosimilitud en pos de resultar más culto. Error: un delincuente de un nivel sociocultural bajo no empleará los mismos términos que una dama de la burguesía de principios del siglo XIX. Adecuarse es fundamental, así perdamos calidad léxica, ganaremos en literaria.

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